jueves, 31 de enero de 2008

CUANDO MIS OJOS NO SABEN DONDE MIRAR

Por Rosa Montiel


No tenía más de diez u once años. Mi padre y yo estábamos sentados en el asiento de tablillas de un vagón de tercera. Solíamos usar siempre transporte público. A mí me gustaba viajar también en trolebus y tranvía. En el trole siempre quería ir en el piso superior y mirar a la calle desde la ventanilla. Recuerdo el color beige del traje de pana de los revisores y su cartera de piel con billetes de colorines que parecían formar diminutas banderas. Pero ese día no pasó el revisor del tren y mi billete se quedó sin el clic esperado.

Un tricornio acharolado y un traje verde, asomó por la puerta del vagón. En una de las muñecas del guardia relucía una pulsera de acero y un trozo de cadena gruesa se asía a la muñeca derecha de un hombre cuya faz alargada y magro cuerpo parecía sacado de un cuadro de El Greco. El hombre, ojeroso, demacrado, calzaba alpargatas de cintas negras, como los campesinos. Tras él iba la verde pareja del primero.

En el vagón, repleto hasta entonces de voces bulliciosas, se hizo un denso silencio. Una zozobra de corazones como de pajarillos presos en un puño latían apresurados. También mi corazón parecía descarrilar de tanto traqueteo. Sentía que una mano gorda me lo estrujaba con fuerza. Suspiré repetidamente porque notaba que me faltaba el aliento.

Mi padre me dio entonces un suave toque con el codo. Le miré y vi su perfil de afilados contornos y su cara blanca como el papel de fumar. De algún lugar extrajo las palabras justas

-Tranquila. No va a pasar nada.

El ciempiés de hierro se puso en marcha. Me sorbía la emoción con su regusto de acíbar, como lágrimas que lloran hacia adentro. Se me ocurrió una tontería. Como ganas de preguntar a mi padre cuánto pesa el miedo, pero guardé silencio. Mi padre, que algo debió percibir, tomó mi mano y me tranquilicé.

Embelesada escudriñaba al hombre escoltado. No podía dejar de mirar los pies sin calcetines y aquellas alpargatas de cáñamo. Su cara me evocaba algo familiar y conocido. Quizá era el gesto, su media sonrisa, su frente despejada, sus cabellos en desorden. Tosía sin cesar. Con dificultad se extrajo del pantalón un pañuelo que se llevó a la boca, tiñéndose de sangre.

-¡Ya está! ¡Sé quién es!-pensé- ¡Jesucristo! Y ésos, los dos que crucificaron con él!

Se me agolpó la pena en el pecho; sentía lástima, temor, desasosiego, frío, calor; me revolvía inquieta en el asiento; le miraba a hurtadillas. Todo a la vez, así como un batiburrillo de sensaciones.

-Pobrecillo, está tísico- dijo una mujer

-Le deben llevar al Sanatorio –comentaron detrás

Mi padre, hizo por sacar los cigarrillos, mas debió cambiar de opinión, y en su lugar extrajo su cajita de pastillas juanola y le ofreció a los guardias, que denegaron cortésmente

Sin desalentarse, con un gesto de cabeza, preguntó si podía invitar al prisionero. Ambos guardias intercambiaron miradas y asintieron. Al hombre se le ensanchó la sonrisa. Sus ojos relucían con chiribitas acuosas. Lentamente, una lágrima le resbaló ocultándose pudorosa en sus labios entreabiertos

-Gracias, cuando me da esta tos…- balbuceó

La voz de atrás intervino de nuevo

-Para lo que va a vivir

Al preso se le desencajó el semblante. Sin duda oyó el comentario. A mi me dolió el rictus torcido de sus labios, las arrugas de la frente, la mirada soñadora perdiéndose tras la ventanilla... Ese día aprendí que las palabras humillan y taladran esperanzas.

Bajé del tren sin soltar la mano de mi padre. Mis ojos no sabían ya donde mirar de tanto ver.


© Rosa Montiel
Este cuento ha sido publicado con anterioridad en La Bolsa de Pipas, Nº55.
Rosa Montiel es psicóloga y gran amiga de las tertulias Literarte.

3 comentarios:

Kinbote dijo...

Querida Rosa: Tu cuento me ha gustado mucho en el fondo y en la forma.
Sólo una pega menor: en el tiempo en que sitúas la acción no tenía sentido la expresión "transporte público" aunque sí la referencia a viajar en tercera sobre asientos de madera.
Besos y espero que nos veamos cuando vaya a la isla.
Gaspar Marqués

Alícia dijo...

Querida Rosa:
He leído tu cuento.
No sabía que escribieras tan bien; aunque no me sorprende porque, como paciente tuya, siempre me gustaron las palabras y metáforas con las que sintetizabas mis historias.
Deseo que toda te vaya bien y que sigas escribiendo.
Un saludo cariñoso.

Anónimo dijo...

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