miércoles, 19 de diciembre de 2007

La ética de la seducción. Homenaje a Albert Camus - Por Medea

Hola chicos:

Ante el llamado de auxilio que hice hace unos días, han comenzado a llegar las colaboraciones de amigos de aquí y de allá que nos han enviado sus textos para publicar en este blog de Literarte y transformarlo así en un escaparate literario. Hasta ahora quienes más rápidamente han respondido han sido otros amigos blogueros cubanos, eso no significa que esté barriendo para casa, no, la idea es que esto sea multicultural. Que la lengua y el amor por la cultura sea lo que nos una.
Les dejo con un texto a manera de ensayo de Medea, una cubana que tiene un blog muy interesante, donde ha comenzado a escribir una blogonovela que, entre nos, tiene montones de seguidores, yo entre ellos, y que aborda muy, pero que muy de cerca el tema de la seducción.


La ética de la seducción …
Un modesto homenaje a Albert Camus


Por Medea

"No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar."


En la defensa de Don Juan que Camus hace en el segundo capítulo de El mito de Sísifo, el pensador francés atribuye al seductor lo que él llama la condición de hombre absurdo, en el entendido de que absurdo es todo ser humano plenamente consciente de la ausencia de sentido en la vida y que, a pesar de eso, la sigue viviendo porque sí, asumiendo de frente las consecuencias de sus actos
Cuando, desde una moralidad que propugna el "amor eterno", se le reprocha al seductor utilizar las mismas divisas para seducir a diferentes mujeres, Camus arguye que "para quien en los goces busca la cantidad, sólo importa la eficacia. ¿Por qué complicar las contraseñas que han dado resultado? (…) ¿Por qué iba a plantearse un problema moral? (…) Es un seductor de lo más normal. Con una diferencia: que es consciente y por ello es absurdo. Un seductor con lucidez no cambiará por ello. Su condición es seducir. (…) Lo que don Juan pone en práctica es una ética de la cantidad, al contrario del santo, que tiende a la calidad".
Esta moral cuantitativa y circunstancial (por consciente), es la que Camus ilustra diciendo: "Si bastara amar, las cosas serían demasiado sencillas.(…) Don Juan no va de mujer en mujer por falta de amor. (…) Más justamente porque las ama con idéntico arrebato, y cada vez con todo su ser, tiene que repetir ese don y esa profundización. (…) ¿Por qué iba a ser menester amar pocas veces para amar mucho?" Como vemos, la idea y el principio ético del "amor eterno" aparecen aquí como un escamoteo de lo concreto mediante el que se busca engañar a la razón y aplastar al deseo apelando a motivos "trascendentes". El "amor eterno" y todo lo que hacemos y dejamos de hacer en su nombre, no es, pues, sino una vana ilusión que nos arranca del presente nublándonos la existencia en nombre de un futuro incierto.
Ante la manida moralina de que don Juan es un egoísta, el filósofo responde: "No hay otro amor generoso que el que se sabe al mismo tiempo pasajero y singular. (…) Es la forma que él tiene de dar y de hacer vivir. Júzguese, pues, si cabe hablar de egoísmo". Por eso ha dicho antes que "Don Juan no piensa en 'coleccionar' mujeres. (…) Coleccionar es ser capaz de vivir del propio pasado. Pero él rechaza la añoranza, esa otra forma de esperanza. No sabe contemplar los retratos". Dicho de otra forma, el seductor es un ser entregado con impecable religiosidad a su presente y, por ello, tampoco se hace ilusiones sobre su futuro.
Lo cual nos lleva a la aguda reflexión de Camus sobre que el castigo que los moralistas claman para don Juan por considerarlo inmoral, es asumido plenamente por él como consecuencia lógica de sus actos, pues no podía aspirar a la impunidad quien ignora y desprecia los aspavientos de los hombres y las mujeres que viven la vida según las oficiales ansias e ilusiones de eternidad, y asume gustoso su destino absurdo, pues "un destino no es una punición" aunque sea trágico. Y el destino de un seductor, así como el de cualquier hombre libre, es ser castigado por quienes él desprecia al ignorar los valores que ellos representan. Por eso, Mersault, "el extranjero" indiferente en medio de un mundo de valores melodramáticos, escoge asumir su condena a muerte con desdén. La pena capital es el precio a pagar por la indiferencia ante un mundo hipócrita. Y lo paga, oponiendo su dignidad de individuo irredento al aplastante aparato de poder, con lo que se asume como un ser moral que no sólo acepta morir sino que lo hace como le da la gana. Escoge cómo hacerlo. Sabe hacerlo. Porque es libre.
Las personas que "aman demasiado" se constituyen automáticamente en contrapartes despechadas del seductor y de la seductora, de los donjuanes y las afroditas. Para Camus, se trata de seres secos que han sustituido su vida personal por la existencia del "ser amado". Por eso dice: "Aquellos a quienes un gran amor aparta de una vida personal quizá se enriquezcan, mas con seguridad empobrecen a los elegidos por su amor. Una madre o una mujer apasionada tienen necesariamente el corazón seco, pues está apartado del mundo. Un solo sentimiento, un solo ser, un solo rostro, pero todo está devorado. Es otro amor el que estremece a don Juan, y éste es liberador. Aporta consigo todos los rostros del mundo y su estremecimiento proviene de que se sabe perecedero". Si lo supiera "eterno", huiría sanamente de él.
Ambos perecerán, es cierto. Pero con una diferencia: don Juan habrá vivido prodigando vida y pagando con esplendidez el precio de ser libre. La sombra despechada habrá deambulado muerta por el mundo, víctima de sus venganzas y su egoísmo, sin haber conocido la libertad, esa condición sin la cual no puede accederse jamás a los más intensos deleites del maravilloso regalo de la existencia.
Don Juan es libre, y su manera de amar lo es también. Por su parte, Afrodita se libera de las cadenas del matrimonio y la familia ya sea evadiéndolas o (si ya cayó en ellas, por juventud, inexperiencia, engaño o equivocación) burlándolas mediante la fina capacidad que la mujer ha desarrollado, como sana reacción a siglos de opresión patriarcal, de fingir lo que no siente y de decir exactamente lo que los insensatos quieren oír, no importa si se trata de maridos, hermanos, padres, amantes, patrones o confesores. El ejercicio de la libertad es condición previa para vivir una vida personal. Este ejercicio es más difícil para la seductora que para el seductor, pero en el caso de ella esa dificultad puede convertirse en fuente de deleites mucho más abundantes y elaborados que los que le son posibles al seductor, que en buena hora se aprovecha de la ventaja de ser hombre. Y estoy seguro de que las mujeres independientes me entienden cuando digo esto; no necesito abundar en ello. ¿Que en este caso el engañado es el cónyuge y que tal cosa tampoco resulta justa? Bueno, un cónyuge de tales características merece el engaño y mucho más por parte de su víctima. ¿O no? Se trata aquí de un acto de justicia ejecutado de acuerdo a las posibilidades que tiene un ser en sujeción de realizar tal cosa. El engaño, la perfidia, el perjurio, como conductas reprobables, ocurren en condiciones de igualdad moral. Si esa igualdad no existe, se convierten en armas de liberación, especialmente en manos de la mujer.
Ni Afrodita ni don Juan engañan a sus amantes. Ambos les advierten que lo que les interesa es el amor perecedero. El de una noche, varias o ninguna. O el de todas las noches posibles de la vida, en el caso de esos amantes eternos que siempre están dispuestos a compartirse y a prodigarse a sí mismos sin reservas ni compromisos cuando las circunstancias lo permiten. Es perverso entonces equiparar a los seductores con el burlador y la pérfida, con el vividor y la perjura. Éstos son simples y viles mentirosos. La seductora y el seductor son artistas de la vida. De su vida. Y disfrutan cada momento de su incesante creación, esparciendo amor y libertad a quienes tengan oídos para oír, ojos para ver y piel para sentir. No tienen necesidad de engañar a nadie ni de aprovecharse de nada.
El reproche es el arma inútil del despechado. De la despechada. Por medio de este recurso, la impotencia se convierte en forma de vida, el resentimiento en eje moral y la malignidad en ética profesional. La persona seducida que no logró atrapar a su don Juan o a su Afrodita y que se siente frustrada porque su potencial víctima no sucumbió a su engaño ni a la perversidad de querer enjaularla en los oscuros recintos del matrimonio y la monogamia forzada, debe vivir del recuerdo del gozo que le proporcionó la seducción y, si es inteligente, buscar la repetición de aquel acto liberador. Si escoge como vivienda el charco de su amargura, habrá echado por la borda la gran oportunidad de ser libre que en su momento le brindó quien tuvo la suficiente nobleza como para bajar a su nivel y seducirla por una noche, varias o ninguna.
Si no se tiene el talento (porque para eso se nace) de la seducción, sin duda sí se tiene la capacidad de dejarse seducir (pues esto no requiere más ciencia que la pasividad imaginativa). Y esta capacidad natural puede llegar a convertirse en un arte y también en una ética, si la persona seducida gusta de serlo innumerables veces porque así se siente vivir a plenitud y no tiene vergüenza de confesárselo. La única condición para desarrollar este talento es no reprimirse el deseo ni la voluntad de ser libre y tener una vida propia. Porque dejarse seducir es también un acto de libertad. Sobre todo para quienes, por los motivos que sean, ni siquiera se sienten autorizados para desear. Ser capaz de dejarse seducir sólo requiere un instante de sincera valentía y entrega humilde a la felicidad. Don Juan y Afrodita ya nacieron con este don. Para los demás, lograrlo y prolongarlo en el tiempo implica un pequeño esfuerzo consciente, ante lo cual resulta útil tener siempre en mente una verdad tan irrefutable como eterna: que lo único que debemos sacrificar en esta vida es el sufrimiento.

Así que estimado lector, si ha llegado hasta aquí, dígame, ¿se embulla?

5 comentarios:

Ivis dijo...

Medea, estoy totalmente de acuerdo con esa filosofía vitalista. Yo pienso así, hay que disfrutar del momento, seducir y dejarse seducir por las cosas y las personas. Nada es para siempre y no hay garantías. Eso de reprimir al espíritu me parece una mojigatería y además, malsano. Claro, que vivimos en una sociedad con unos códigos de conducta demasiado estrechos y que supongo que tendrán su razón de ser, para que no cunda el caos, pero me gustaría que fuera posible vivir más libremente y medir las cosas con otra tabla que no sea cuantitativa.

Osvaldo Cleger dijo...

Muy buen texto para acompañar tu novela y librarla de posibles lecturas maniqueas o moralizantes. La "victimización" es una de las actitudes más perversas y destructivas que existen. La celebración del carácter expansivo, afirmativo, vital del Don Juan o la Afrodita me parece sin dudas más sana que la apología de sus "víctimas".

Jinetero… ¿y qué? dijo...

Sólo por meter la cuchareta:

Existen dos perfiles de seductores que a veces se confunden pero no son iguales El Don Juan y el Casanovas.
Me parece que Don Juan es la versión light del ligón. Su vida es una especie de maratón, de acumulación de aventuras, o dicho en cubano. Llegar, mojar y si te he visto ni me acuerdo. Al final es discutible, quien sedujo a quien, si don juan o doña juana. El otro, el casanovas disfruta el acto de saber que es amado. Conquista y su conquista no tiene que terminar precisamente en la cama para considerarlo un éxito (aunque por supuesto no esté exento de ello). El casanovas deja una estela de suspiros detrás que son los que alimentan su alter ego.
Llegar a Casanovas es más difícil, porque muchas veces, tenemos sólo un Narcicista lleno de pajas mentales, fantasías que a veces son sólo realidad en su cabeza
De momento la globalización ha venido a complicar todo con eso del latin-lover, los paraísos gays, el feminismo y la falta de comunicación entre los seres humanos… en el norte de Europa los criollos están reinventando todo esto y en el futuro tendremos una nueva categoría. ¿alguien se atreve a ponerle nombre?

Yo soy Medea dijo...

Yoyo, muy buena tu opinion... es cierto... hay diferencias detras de lo que se ve, a estos nuevos que estan surgiendo los llamaria "Los Calentotes del Norte", aunque suene a titulo "grupero", bah! es un chiste... la cosa es mas complicada, y nunca he estado en el norte de Europa, asi que mejor me callo.

GeNeRaCiOn AsErE dijo...

Este escrito tiene una doble lectura amparada por la amplitud de su discurso ético, aplica a también al campo de los ideales.
Me he reído mucho al re-pensándolo en términos de agenda política.
La lucha entre la moral y la libertad, de un lado el anzuelo envuelto en tribuna, perdón... en carnada y del otro simplemente ‘el mar’.
¿Muerdes o escapas?
seduces... o eres seducido...
Yo voto por vivir sin apelación.

 
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