domingo, 1 de junio de 2008

La garra, de Paco Piquer

¿Soy yo, acaso, ese ser desnudo y desgarbado que se halla en mitad de la calle?
La gente me mira, entre sorprendida y escandalizada, pero yo he olvidado el pudor en el mío, ¿cuándo hubo pudor en los sueños?, y busco sus miradas esgrimiendo mi flaca anatomía como un desafío a sus risas, a sus cuchicheos.
La limusina se detiene a mi lado como un suspiro blanco.
Cristales opacos, brillos de espejo que reflejan mi figura nervuda y pálida. Casi estoy a punto de gritar de alborozo.
—Soy yo, soy yo —repito, al reconocerme.
Se abre una de las puertas de la limusina. Una voz femenina me invita a penetrar en su confortable interior.
—Adelante, adelante —susurra.
Dudo, un segundo, una eternidad para quien no atesora más que piel vulnerable.
Está frío el cuero color carmesí que cubre los asientos. Me estremezco al sentir su contacto en mis nalgas, en mi espalda.
Frente a mí, la mujer está también desnuda. Tan sólo un enorme zapato ortopédico cubre uno de sus pies. El resto es bello.
—Ya ves —dice— somos los últimos. El chauffeur va vestido.
Su mano golpea la mampara oscura que nos aísla. El automóvil se pone en marcha, con suavidad, emitiendo apenas un leve ronroneo.
—Te llevo una cierta ventaja —digo mientras miro fijamente la desproporcionada suela de su único zapato—, yo voy descalzo.
—Eres observador —responde—, pero no voy a defraudarte.
Con movimientos lentos dobla su pierna, apoya su pie en el asiento y se desprende del zapato, que cae con un ruido sordo sobre la gruesa moqueta del suelo.
Un pie deforme, monstruoso, como una garra, se muestra ante mis ojos.
—Nadie es perfecto —añade.
Su gesto me aturde, me emociona.
Me arrodillo frente a ella y palpo aquella zarpa inhumana. Acaricio, lamo las uñas curvas y negras de rapaz.
Ella gime, como si un placer inmenso la invadiese. Con su otra pierna rodea mi espalda, atrayéndome hacia su cuerpo. Beso sus muslos, mis labios se entretienen en el oscuro vello de su pubis, en la aureola dorada de sus senos perfectos, en sus labios carnosos y entreabiertos. Responde ella a mis instintos y toma entre sus manos mi miembro erecto y palpitante. Cierro los ojos, y me dejo llevar por la vorágine del deseo absoluto.
Despierto. La boca reseca, la respiración agitada. La habitación a oscuras me invita a cerrar de nuevo los ojos, a recuperar el sueño que aún vibra en mi mente.
¿Soy yo, acaso, ese ser desnudo y desgarbado que se halla en mitad de la calle? ¿Que trata de cubrirse el sexo con sus manos?
—¡Ayúdenme, por favor! —grito a los ociosos que me observan, divertidos y escandalizados, desde las aceras— ¿No ven que estoy soñando?
La gente se vuelve a mi paso, ignorándome. Me dejo caer de rodillas. Suplico.
—¿No ven qué estoy soñando?




* Este cuento pertenece a su último libro "Oniria"

 
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