lunes, 21 de julio de 2008

Osmani Oduardo, Poeta en la Habana (Intro)

Llegar con el silencio a cuestas y escudriñar el aire con sus musas de hierro. Asesinar el cielo porque la paz no alcanza. Los rostros hurgan tanto azoro y la ciudad responde con un clamor de espanto. Llegar con todo el sueño reposado en las piernas, con el mar entre manos y esa sonrisa apenas cuando el pregón apura, cuando un gesto en la esquina se traduce en juegos prohibidos.
En la ciudad no hay muertes porque umbrales traspasan tu mirada y tu cuerpo. En la ciudad no hay piedras porque es lícito abrir viejas heridas, porque los muros cargan con sus restos de siempre.
Llegar sin más pretextos que ofrecérselo todo sin nostalgias feroces y si algo queda atrás será cuestión de olvidos.
La aldea que dejaras te lloverá su leche.
Llegar y asesinar el cielo de la ciudad, con eso basta.




Malditos los que llegan a una ciudad extraña,
esta ciudad que ahora se ha vuelto pesadilla.
Malditos los que llegan con un carcaj de versos
y amenazan sus calles,
a sus perros rabiosos que ladran sinfonías,
al malecón insomne,
sus putas trasnochadas.
Malditos los que llegan sin Dios
al capitolio que cabe quizás en un abrazo.
El prado es sólo el verso
de un orfebre con el alma en penumbras
y nada puede impedir que le duelan sus bancos,
que se canse de ser aplastado
por las cruentas miradas y pasos inocentes.
(Inocente es la lluvia cuando el león es un rugido leve
y nos muerde con su sed milenaria.)
Los que llegan son torpes desertores del miedo
que cruzan el prado como buscando asilo
y le duermen sus bancos,
amanecen cuando el silencio se arrodilla
y el sol lanza su ardiente bofetada,
cuando a la ciudad no le queda más suerte
que condenar la hospitalidad de bancos y portales
y maldecir a los que llegan con su carcaj de versos.




Oye, rimbaud,
no me digas que la habana es de insurgentes,
no lo grites desde tu ebriedad harapienta
que resume la edad del desamparo.


Una ciudad no es un puente para pedir deseos
a cambio de monedas y lágrimas,
de estrabismos de amor
en el confuso mar de los presagios.

La ciudad es la parte oscura de la lluvia,
una nostalgia que precede cánticos y peces
cuando miradas trepidan mediodías
y cuerpos apestan sobre el lodo.

Ciudad es esta puerta inalcanzable
que encuentra su lugar en mis pecados.


Oye, rimbaud,
no niegues que la habana es hembra que seduce
en esta irrealidad de tálamos feroces;
no niegues que te excitan sus bacanales;
no evites mascaradas.

Estoy harto de tu ardid para escapar de la tristeza,
de tu muerte que no se acaba nunca.


Oye, rimbaud, recoge tu resaca madura
en los árboles del prado,
tu velero que flota en mi abstinencia
y lárgate de una vez
a otra ciudad que te devuelva la melancolía.




Los habitantes que conforman la ciudad
–yo me excluyo por razones obvias–
le temen al diluvio,
no al diluvio universal de las páginas frágiles
sino al diluvio de odio
que precede a los éxodos
–entiéndase migraciones
o flujo de nostalgias incurables.

Los habitantes
–ya he dicho que no pertenezco
a esa sublime estirpe–
prefieren las aporías
al ritual demoníaco de despertar a la verdad;

prefieren el discurso
a la eterna soledad de las paredes.


Dile a la ciudad
que me niego a pisar esas arterias,
que me duele la piel
y ni siquiera amanece.

Dile que se me quiebran las columnas,
y soy la envoltura de una mañana ocre.
Dile a tu ciudad
que hoy la he visto pasar frente a mí
en veinticuatro resurrecciones
por segundo.




Quién demonios puso aquí
ese muro tan largo junto al mar
donde siempre se sientan esas bestias
que predican el hambre
y sus dominios.

Quién demonios
trajo estos siglos de arena
sin que nos percatásemos.

Acaso estamos vivos o cansados
y el sueño es un estado de impaciencia,
un paso a la ignominia,
una estación de piedras bajo la mirada.

Quién demonios trazó un límite
al norte de los muros.

Quién inventó esta abulia,
la pared agrietada,
el disparo, la cuchillada, el odio.

Despierto y aparece la ciudad,
y yo no sé quién demonios la puso sobre mí,
desconozco a qué hora ese alguien
clavó el faro en medio del asombro,
los castillos, las plazas, los museos,
el túnel y su maldita circunstancia.






Yo debí hundirme para siempre en la ciudad,
debí ultrajar, al menos,
la herejía que empieza donde acaba el muro,
debí padecer orgasmos
ante la débil luz que acaricia mis precipitaciones.
Alguna vez imploré la muerte
sobre un banco de tonos agrietados
sin comprender que la ciudad es acaso un espejismo
que debí acuchillar con mis manos de fieltro.
Quizás una mirada no baste.
Quizás un estertor nos quede a la medida
para agradecer el abrazo y la noche
a aquellos que han sufrido la necedad y el odio.
Yo debí abrazar la tenue brisa que asolaba mis noches,
hartarme de todos y de todo
antes que la mañana llegara frágil y lluviosa.
Ya lo sé que no basta con marcharse
porque a la vuelta hay unos ojos que amenazan,
unas manos azules
y palabras que no dirán amor ni epifanía.
No habrá aquellos latidos que enterramos juntos
detrás del corazón, donde hay hallazgos
que nunca llegaremos a comprender.
Pareciera que sobran las paredes.
Nunca se tiene la certeza del encierro
hasta que viene alguno con alhajas a resarcir temores.
Pareciera que al otro lado hay cantos y sirenas,
que al otro lado estalla la pobre luz que lo ilumina todo
a pesar de los vacíos e interiores.
Yo extraño la ciudad cuando anochece,
cuando las bestias tragan marpacíficos amargos.
Le regalé un bastón y mis zapatos,
me quedé con la poca y desterrada soledad que me dejaron
y no pedí siquiera a cambio una migaja
que saciara este vértigo grisáceo.
Nadie me ayude cuando claven mis manos contra el cielo.
Prefiero estar inmóvil, no impaciente,
y adiestrar estos odios que me queman.
Prefiero la agonía
a esta ciudad que cede ante el asombro.
Yo debí contentarme con aquellos besos
pero perdí el sentido y me aferré al insomnio.
Debí escapar,
pero preferí condenarme a la eterna lujuria
que es morderle los senos a esta ciudad maldita.




De repente toda la luz escapa.
La sombra se apodera
de los cansados pilares
y el cemento se pliega al desatino.
No sabría explicarlo:
el gris conquista los trazos del día,
el gris
viene a verterse sobre mis fluidos
que no saben de cuellos
ni de cuerdas asfixiantes.
De repente
hay un loco que regala
el dolor de sus pequeñas manos.
A pesar de todo lo proscrito
–a pesar de lo prescrito incluso–
quiero que su decrepitud sea mi espada.
De repente ya no hay luz
y me voy apagando
poco a poco.



OSMANI ODUARDO GUERRA (Las Tunas, Cuba 1975). Poeta, narrador y traductor. Licenciado en Inglés.
Premio Nacional de la Narrativa Joven Reyna del Mar Editores, 2001 (cuento) Mención David 2002 (poesía).
Su libro "Poeta en La Habana" (Editorial Letras Cubanas 2005) le valió la Mención Casa de las América, 2004 (poesía).
Actualmente trabaja como periodista y editor en CubaLiteraria, editorial electrónica y portal de la literatura cubana en Internet donde, además, coordina la sección “Traduttore/traditore”.

 
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